viernes, 16 de mayo de 2008

Toto: el primer piedrero de Panamá

Rogelio Antonio Córdova

Corrían los años ochenta. Era la época del Pac Man, de los patines en La Salle, del Yate Fiesta Palace en Punta Paitilla, la discoteca 'Magic' y del gusanito 'Dominguito'.

No había nada en ese entonces que pudiera llamar poderosamente la atención en las calles que un solo individuo peculiar. Los locos estaban guardaditos en los manicomios. Pero él era libre, andrajoso, facciones de perturbado y quizás algo lúcido. Ese era 'Toto': el primer piedrero en Panamá.

Su verdadero nombre no lo mencionamos, por respeto a su familia. Era un joven inteligente, ganador de las olimpiadas de matemáticas, tocaba la guitarra y vivía en uno de los edificios que en la película 'El Sastre de Panamá' llegó a denominar 'de cocaína'.

Sin embargo, esa inteligencia y ese don de hacer música mermaron por la afición a las drogas. Para aquella época estaba de moda el 'bazuco' que era una mezcla de cocaína con marihuana. También la cocaína pura, sin mezcla de vidrio y veneno de ratas como acostumbran a consumirlas la gente de los arrabales. Esta pureza de la droga carcomía profundamente los hemisferios del cerebro.


El padre de Toto, un gallego millonario, abandonó a la familia y Toto no le paraba 'bolas' a su madre, por lo que prefirió el mundo de las alucinaciones y la demencia.

A Toto lo volvió loco toda clase de drogas, cocaína, heroína, marihuana, bazuco, tiner, líquido para encendedores y se decía que lo único que le hacía falta era inyectarse 'guaro'.

Cuando consumía esas 'porquerías' sus redes nerviosas se tensaban de tal manera que hacían que Toto se encogiera por siempre sus hombros, brazos y mantener los antebrazos elevados a la altura de los hombros. Siempre acelerado, creyéndose, tal vez, un auto a toda marcha. Esa fue la postura de Toto.

Al abordar el bus para dirigirme a mi lugar de trabajo miraba por las ventanas las calles, los edificios, los autos, las aceras, las chicas guapas y, de pronto, un peculiar ser harapiento de unos 30 años, de aspecto grisáceo por la suciedad, cabellera larga y despeinada y algo barbudo: el Toto por la avenida y su raro caminar.

Se creía un carro

Estaba yo laborando en un almacén de la vía España y a través de la vitrina veía pasar a Toto y si el jefe, un joven judío llamado Salo, se encontraba parado en la puerta por equis razón, Toto se detenía como quien frena un auto intempestivamente y saludaba: “¿Qué pasó Salo?” –“¿Qué pasó paps?”, respondía con otra pregunta a Toto.

¿Tienes blanco?”, preguntaba Toto, a lo que Salo le respondía entregándole el cigarrillo solicitado.

Salo y su hermano Miky le tomaban el tiempo a Toto de una forma respetuosa, sin herir y menospreciarlo. Luego le entregaban algo de ropa nueva, pero de esas que tenían años de haber pasado de moda.

Al siguiente día uno veía a Toto pasar con ropa nueva e impecable. Recuerdo un pantalón blanco con suéter blanco con rayas rojas. Andaba por lo largo de la vía España. Caminaba desde Río Abajo hasta por esos lados del área bancaria, donde predomina los edificios altos y de lujo. Todo parecía indicar que la basura que consumía venía de algún punto de Río Abajo; sin embargo, su ambiente preferido eran lugares elegantes de gente pudiente, como Paitilla. Tal vez para recordar en su interior que pertenecía a una determinada clase social, pero no era así. Todos sus amigos y amigas le dieron la espalda.

Un día, Toto dejó de pasar por las calles comerciales, de edificios iluminados, porque hay que señalar que Toto parecía que no dormía, ya que uno lo veía a altas horas de la madrugada en las mismas condiciones. Creo que se creía un carro.

Oye, ¿qué paso con Toto?”, pregunté una vez. Me respondieron: “chuzo, a ese man lo atropelló un carro”. Allí me di cuenta que la horrorosa vida de Toto terminó.

Toto venía caminando muy de madrugada por Calle 50, andaba, como siempre, acelerado en su mundo de colores, muy iluminado. Mientras andaba volátil, un vehículo que venía a alta velocidad se lo llevó de frente acabando con su existencia. ¡Dios lo tenga en la gloria!

Toto se ha multiplicado por mil

Hoy día abundan los Toto, gente de los arrabales que recogen latas y comen de la basura. Roban cables de cobre para revenderlos a casas fundidoras para así poder comprar la maldita droga. Muchos mueren electrocutados por ello. Otros mueren como ratas en cualquier esquina.

La Alcaldía de Panamá ha recogido en los últimos días a 26 piedreros (cuyo nombre oficial es ‘indigentes’) para incorporarlos en el programa de resocialización que lleva adelante el Ministerio Ejército Iglesia de Dios.

Estas personas son llevadas al Centro de Servicios Múltiples Juan Ramón Poll, en Calidonia, y reciben atención médica, alimentación, corte de cabello, ropa y orientación psicológica.

El subgerente de Vigilancia Municipal, Luis Carlos Rudas, explicó que “la medida busca una completa atención, tratamiento y finalmente reinserción en la sociedad a las personas que transitan por las calles con problemas psicológicos y traumas, debido al consumo de drogas y alcohol”.








2 comentarios:

  1. Oye RACO estás pegado con TOTO ví el reportaje en un mural de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad de Panamá.
    De verdad este artículo quedó muy bien.
    Como siempre te felicito, además tu blog está bonito.

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Bendiciones!

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De hecho muchos son los estadounidenses que ven a Panamá como un destino para quedarse a vivir. Lo malo, es que viene mucha gente de otros lugares del mundo imaginando que puede hacer fortuna. Si tienes dólares puedes lograrlo. Si no tienes dólares...Vete a Miami.

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